Rubén Espinosa huía de Javier Duarte y el crimen lo alcanzó

* Torturado, baleado, colgado * Era corresponsal de Proceso, Cuartoscuro y AVC * Dejó Veracruz hostigado por la policía represora * La hipótesis del crimen político * Exigen investigar el móvil de su trabajo periodístico * “No quiero que pase lo que a los estudiantes de la UV * “Fue Duarte”

Hostigado, golpeado, espiado, Rubén Espinosa se fue de Veracruz lanzando pestes, salvando su vida, lejos de los sicarios autorizados, lejos de Javier Duarte. Burló a la mano criminal sin imaginar que esa mano criminal lo alcanzaría en su refugio, en el DF. Hoy está muerto.

Brutal, su muerte estremece. Hiere a un gremio, el de prensa, en el que Rubén Espinosa hacía fotoperiodismo, vinculado estrechamente a los movimientos sociales, a la protesta, a la denuncia contra el duartismo, al activismo social, a diario su descripción en imágenes del Veracruz harto de corrupción y atropello, de injusticia e impunidad.

Lo hallaron con huellas de tortura, dos impactos de bala, amordazado con cinta industrial, cinta plateada, colgado.

“El cuerpo de Rubén estaba muy golpeado de la cara, presumiblemente torturado y con dos impactos de bala, reveló su hermana a sus compañeros y amigos fotoperiodistas. Trascendió que se le halló pendiendo de una cuerda”, relata Nantzin Saldaña del portal 24 Horas.

Había cuatro cuerpos más. Uno era de Jesenia Quiroz Alfaro, de 19 años de edad. Otro era de Nadia Vera, originaria de Chiapas, egresada de la Universidad Veracruzana, antropóloga social, miembro del Movimiento #YoSoy132 y activista social. Era amiga de Rubén Espinosa aunque algunas versiones citan que era su pareja sentimental.

Dantesca escena, sangriento escenario, en el departamento 401 de Luz Saviñón 1909, colonia Narvarte, delegación Benito Juárez, zona de clase media alta, tranquila, muy cercana a la Secretaría de Comunicaciones y Transportes del gobierno federal.

Ahí se hallaban los cinco cadáveres. Los encuentra una de las jóvenes que habitaban el lugar. Salió a trabajar y al volver abrió la puerta y se topó con el primer cuerpo. Horrorizada, temerosa, se alejó. Dio aviso a la policía.

De Rubén Manuel Espinosa Becerril se le supo con vida hasta el jueves 30. Hubo reunión en ese domicilio y ahí pernoctó. A eso de las 2:30 de la tarde, el viernes 31, envió un mensaje a un amigo. Supuestamente se dirigía a su hogar. Sin embargo, no llegó.

A las 19:30, una de las habitantes del departamento de Luz Saviñón encontró los cuerpos sin vida. Llegó la policía. Notificó al Ministerio Público. Esa noche trascendió lo del quíntuple homicidio, viral en las redes sociales, pero no se identificó a nadie.

Una hermana de Rubén Espinosa, inquieta por no saber de él, llamó a un amigo que había estado en la reunión del jueves 30. Era sábado 1 de agosto. Ambos fueron al lugar. Vieron el edificio acordonado y supieron de la tragedia. Horas después lo vieron. Yacía sobre una plancha en el Servicio Médico Forense, el cuerpo de Rubén agredido, torturado, baleado, la expresión de la barbarie en su humanidad.

Ya para entonces trascendía la masacre. Rubén Espinosa se convertía en el catorceavo periodista veracruzano o que realizaba su trabajo periodístico en Veracruz, asesinado durante el régimen duartista.

Presa de la vorágine, la prensa crítica de Veracruz alertaba al mediodía del sábado 1 de la ausencia de Rubén Espinosa. “Está desaparecido el corresponsal de Proceso, AVC y Cuartoscuro”, difundían. Mantenían esa línea en su información, en sus portales, en sus redes sociales, mientras en corto se agolpaban las versiones funestas.

Pedía la familia no dar por cierta versión de la muerte del reportero gráfico hasta confirmar. Sin embargo, a esa hora la agrupación defensora de la libertad de expresión Artículo 19 confirmaba el desenlace fatal.

Se desliza la hipótesis del crimen político. Javier Duarte es el centro de la sospecha, acusado abiertamente, señalado de ordenar la muerte de Rubén Espinosa, implicado en la voz de los que marchan y protestan, de los que toman el Ángel de la Independencia, la representación del gobierno de Veracruz en el DF, Plaza Lerdo en Xalapa, los que encaran al gordobés en Córdoba, en Veracruz, en Coatzacoalcos. “Fue Duarte”, expresan. “Gobierno duartista asesino de periodistas”, reclaman. “Javier Duarte Estado asesino”, exclaman.

No halla cómo contener la Procuraduría de la capital el embate de la prensa y la certeza de que Rubén Espinosa lo ultimaron por su trabajo periodístico y por su activismo social, perseguido y hostigado por el gobierno duartista, golpeado por una policía con instintos criminales, la de Arturo Bermúdez, la de Javier Duarte, la que usa toletes y bastones eléctricos para enfrentar el derecho de los veracruzanos a manifestarse y a hablar con libertad.

Rubén Espinosa sintió la mano del poder el 13 de septiembre de 2013. Cubría el plantón de maestros en Plaza Lerdo, en Xalapa. Trascendía que habría desalojo. Y así fue. De madrugada llegaron los robocop de Javier Duarte. Arremetieron contra todos. Pegaban, pateaban, usaban los escudos como arma, soltaban la descarga eléctrica.

Rubén iba captando la desmedida fuerza del desgobierno duartista. Sus imágenes se acumulaban en el equipo fotográfico. De pronto la policía lo detuvo, lo encapsuló, le obligó a formatear la memoria de la cámara, a no dejar huella. Y luego lo agredieron.

Siguió en lo suyo. Cubría protestas, que son a diario en Xalapa, por incapacidad, por valemadrismo, por negligencia del gobierno. Una de ellas tuvo que ver con la agresión a ocho alumnos de la Universidad Veracruzana, la madrugada del 5 de junio, cuando un grupo parapolicíaco, entrenado en la Academia El Lencero, como fue exhibido de inmediato en las páginas del diario Notiver, arremetió contra ellos. Los vapuleó con bates de beisbol, palos, macanas, bastones eléctricos y hasta un arma larga. Iban encapuchados, aunque uno de lo agresores llevaba el rostro descubierto, fácil de identificar.

Rubén Espinosa participó en otro episodio altamente corrosivo para el gobernador de Veracruz: la recolocación de la placa con la que la prensa denomina Plaza Regina Martínez a la Plaza Lerdo. Alude a la corresponsal de Proceso, asesinada el 28 de abril de 2012, en su casa, en Xalapa, cuyo crimen aún permanece impune, fabricados los culpables, uno libre y otro al que le violaron sus derechos y por lo cual ya no puede ser juzgado por ese delito.

Lo de los estudiantes de la UV y la recolocación de la placa en la Plaza Regina Martínez marcaron su salida de Veracruz. Así se planteó en este espacio, el 17 de junio:

“ ‘El pasado miércoles, tres hombres corpulentos, con actitud sospechosa y sin retirar sus miradas intimidatorias, me tomaron fotografías en las afueras de mi casa, ellos iban acompañados de un taxi… un sujeto, con bermudas blancas, playera azul de un equipo de futbol y zapatos de vestir, hizo movimientos corporales con toda la intención de que yo me percatara de que me estaban tomando fotografías’.

“Ya los había visto afuera de su casa. Los vio por la mañana pero ‘no presté tanta atención’.

“Posteriormente, tras cubrir el diálogo entre estudiantes y directivos de la Universidad Veracruzana, luego de la agresión que sufrieran los ocho alumnos, la madrugada del viernes 5, caminaba sobre la avenida Xalapeños Ilustres. Otros sujetos de ‘complexión delgada pero musculosa’ le hicieron saber que tenía que ‘quitarme del camino’ si no quería ser agredido.

“ ‘Algunos metros más adelante, al pasar por las instalaciones de la Policía Auxiliar, otros dos tipos, morenos, de cabello corto, corte tipo militar, que se encontraban en la parada de autobuses, afuera de una carnicería, me siguieron. Uno avisó al otro con el codo, me señaló con la mirada y de nueva cuenta no dejaron de seguir mi trayecto a lo que me resguardé en una tienda de artículos para bebé que se encuentra a contraesquina de la carnicería, los tipos cruzaron la calle, uno de ellos volteó, me retó con la mirada por última vez y se retiraron del lugar’, dijo Rubén Espinosa.

“Sus temores tienen un por qué. Rubén Espinosa fue uno de los periodistas que se percataron que en la conferencia de prensa del Partido del Trabajo, en Xalapa, había tipos armados. Vestían de blanco. Dialogaban con los ‘orejas’ del gobierno.

“Ahí reveló el PT que el gobierno de Veracruz tenía una lista de estudiantes, activistas, defensores de derechos humanos, ambientalistas, militantes de partidos políticos, catalogados como ‘incómodos’.

“Filtrado al PT, el documento se denomina ‘Balance Electoral 2015’. Lo elaboró o pasó por la Secretaría de Seguridad Pública del gobierno veracruzano y en ella se tilda a los ‘incomodos’ de ‘anarquistas’ y ‘desestabilizadores de elecciones’.

“Rubén Espinosa participó en la colocación, por segunda vez, de la placa con el nombre de Plaza Regina, en Plaza Lerdo, frente al palacio de gobierno, en Xalapa. Una vez la pusieron, fue retirada, la volvieron a colocar y acaba de desaparecer, obvia la irritación del gobernador, obvia la afrenta, obvia la repulsa porque el crimen de la periodista Regina Martínez Pérez, corresponsal de Proceso en Veracruz, fue un antes y un después para Javier Duarte.

“Ese 9 de junio, Rubén Espinosa participó en la recolocación de la placa. A su lado y de frente tenía a ‘orejas’ del gobierno. Con ellos había pseudoperiodistas infiltrados, uno de ellos que se hacía pasar por reportero de Imagen del Golfo, desmentido luego por el propio portal.

“A Rubén Espinosa, como a otros periodistas, le tomaron fotografías. Y después comenzó el asedio, hostigado, con la amenaza constante”.

Cuando se fue de Veracruz, externó su enfado. “Me molesta, me caga estar así, aislado, con miedo, no poder chambear a gusto, pero prefiero salirme, antes que me pase lo que a los estudiantes”, dijo.

Lo de él fue peor. No lo apalearon, lo mataron. Pasó por una sesión de tortura, maniatado, golpeado, colgado y finalmente con dos impactos en el cuerpo, uno de ellos el tiro de gracia, según la versión del procurador capitalino, Rodolfo Ríos Garza.

Su muerte atrapó a Javier Duarte. Lo increpa Veracruz, salvo los beneficiarios de su desgobierno. Lo acusa la prensa libre, la intelectualidad, los activistas sociales, los defensores de derechos humanos. Le gritan que detrás del crimen está él, Javier Duarte de Ochoa.

Por represor, por agresor, por violador de la ley, la prensa nacional e internacional señala la responsabilidad de Javier Duarte en el crimen de Rubén Espinosa. El País, de España; Jorge Ramos, de Univisión; Proceso, La Jornada, El Universal, Raymundo Rivapalacio, Julio Hernández López, Jenaro Villamil, decenas de comunicadores le imputan que es culpable.

Rafael Rodríguez Castañeda, director de Proceso, exige que se tome como principal línea de investigación el trabajo periodístico de Rubén Espinosa.

Carga el gobernador de Veracruz con el peso de sus errores, por su fobia a la prensa crítica, por el desdén a todo señalamiento, por su torpe afán de creer que la realidad es como se la pintan sus aduladores, los bufones del elogio, los textoservidores que le cuestan una millonada al erario y que no sirven para recomponerle la imagen.

Javier Duarte tiene una policía violenta, incapaz de abatir la delincuencia pero extremadamente agresiva con la sociedad. Su punto culminante lo alcanza cuando agrede a los periodistas críticos, a quienes cubren la protesta, a quienes registran con sus cámaras la irritación popular y el repudio a un remedo de dictador, al fan de Francisco Franco. Así era Rubén Espinosa.

Lo grave es que Rubén Espinosa creyó en el exilio. Salió de Veracruz, se acogió a la protección que da el DF. Hacía su vida tranquila, añorando volver a suelo jarocho, cuando la mano criminal, que suponía había dejado atrás, lo alcanzó.

Si Javier Duarte tuviera vergüenza habría renunciado. Pero no la tiene.

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Foto: Ehécatl Ríos

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