López Obrador: no se fué, lo fueron

 


* “El Pollo” Pérez Fraga, otro periodista secuestrado * 36 horas después, lo liberaron  * Duarte ignoró a Theurel evento de Etileno XXI  * Desarrollo Económico Municipal, sin personal  * Plata, Benita y el marcelismo

 

Los que mandan, los que influyen, quienes le guiñen el ojo pero en el fondo lo detestan, sus aliados coyunturales, los dueños de las tribus, quienes le toman el pulso al PRD, quienes lo vieron como una franquicia de alta rentabilidad política, fueron desechando, poco a poco, a Andrés Manuel López Obrador y al final lo dejaron solo.

 

Aislado, sí con las bases pero no con los referentes del PRD, tuvo que llegar al punto de la definición y la ruptura: abandonó al Partido de la Revolución Democrática y cedió a la tentación de alargar un conflicto poselectoral que hubiera significado su suicidio político.

Este domingo 9, precedido por una serie de reveses, pero sobre todo del abandono de los líderes del perredismo, López Obrador anunció su salida del PRD y el inicio del proyecto para convertir a su Movimiento de Regeneración Nacional en el partido desde el que intentará ser por tercera vez, candidato a la Presidencia de México.

Tipo difícil, mesiánico, iluminado, casado con su infalibilidad, náufrago en un mar de desatinos, su concepción de la política es contradictoria: ha ido del rescate de las causas sociales, lo que le hizo ganar millones de adeptos, hasta el uso del poder para su causa y para el sometimiento de sus enemigos, lo que lo llevó a ser tan admirado como repudiado.

Dejar el PRD no es una decisión coyuntural. Es el epílogo de un proyecto en 3D, cuyo clímax se dio en la campaña presidencial de 2006, cuando tuvo todo para ser presidente y los poderes fácticos –los grupos de poder, los medios masivos de comunicación y el empresariado— lo pintaron de intolerante sólo porque le dijo a Vicente Fox, no sin razón “ya cállate chachalaca”, excluyente, financiado desde la ilegalidad —caso Bejarano— y enemigo de las instituciones. Con eso bastó para despeñarlo y arrebatarle el triunfo.

Necio como pocos, terco abismal, desoyó a quienes le decían que enfocara bien el conflicto poselectoral, sin agraviar a quienes le habían dado el voto. Pero no. En su código mental no entraba la mesura. Hizo un show de aquella protesta: provocó la toma de la Cámara de Diputados; bloqueó las principales avenidas de la Ciudad de México; se declaró “presidente legítimo” y así creó un gabinete igualmente “legítimo”.

No sólo se volvió impopular sino ser tratado por muchos años como “un peligro para México”, atizado el fuego por sus enemigos, en el PRI, en el PAN, en el gobierno y también en las filas del PRD.

Otra frase hizo verlo fuera de sus cabales: “el movimiento soy yo”, que le espetó a los líderes perredistas y senadores en una reunión a puerta cerrada, cuyo diálogo fue grabado subrepticiamente y filtrado a los medios de comunicación.

Caudillo sin remedio, López Obrador transitó seis años por el país recomponiendo su capital político. Y lo logró a medias. Volvió a ser el candidato presidencial de las izquierdas, sólo porque Marcelo Ebrard, jefe de gobierno de la Ciudad de México, lo dejó pasar, sabedor del titánico reto que era enfrentar al PRI, su candidato Enrique Peña Nieto y las tradicionales trampas, mañas y compulsivas transas electorales del viejo sistema político.

Pudo superar el 18 por ciento histórico del PRD que se vaticinaba en todos muestreos. Alcanzó más del 31 por ciento, montado en el rechazo de un sector del electorado hacia el PRI, la patética campaña de la panista Josefina Vázquez Mota, el movimiento juvenil #YoSoy132, y el ataque directo al candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto, cuya falta de imaginación para responderle alarmó a los priístas.

Previsible en sus estrategias, cuando sobrevino la derrota, López Obrador alegó fraude y pidió recuento de votos. Se le concedió. Nada varió el resultado. Exigió entonces transparentar los sistemas de financiamiento priísta, los pagos a estructuras paralelas, la compra del voto, el uso de las encuestas como forma de propaganda, el manejo de los medios con publicidad encubierta. Nada cambio.

Tres gobernadores electos del PRD lo instaron a dejar la fiesta en paz, sin que López Obrador los escuchara. Arturo Núñez, de Tabasco, dijo que el recuento de votos no demostraría el fraude; Graco Ramírez, de Morelos, lo conminó a aceptar el fallo del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación, y Miguel Angel Mancera, del DF, le advertía que tendría una relación institucional con quien habría ganado la elección.

Desgastado, con dos derrotas encima, vio llegar la validación del IFE y el fallo del TRIFE a favor de Peña Nieto. Sumirse en un conflicto poselectoral, sin el respaldo financiero de otros gobernadores perredistas en funciones: Angel Aguirre Rivero, en Guerrero; Gabino Cué, en Oaxaca, y Marcelo Ebrard en el DF, sonaba descabellado. Ebrard, su rival por la candidatura, llegó a decir que la decisión del tribunal le parecía injusta, pero que acataba. Lo mató.

Herido, López Obrador vio un espectáculo descarnado donde él era la carnada: sus enemigos priístas y panistas, los medios priístas y las tribus rivales en el PRD disfrutando su derrota.

De él se esperaba la vuelta al pasado, el conflicto poselectoral en su máxima expresión, calles y plazas tomadas, escándalo tras escándalo en el Congreso, otra vez “presidente legítimo” y el intento por impedir la toma de posesión de Enrique Peña Nieto. Locura y media de nula rentabilidad política.

Soltar los demonios habría sido el acabose, un suicidio político y seis años más de metralla pura. Puso los pies en la tierra. Corrió la película en la que fue protagonista. Se observó estigmatizado por el sistema, tildado de loco, de peligroso para las instituciones, y mejor declinó. Esta vez los que mandan en el PRD, gozosos, le había dicho no.

Un día antes de anunciar que MORENA será su nueva fuerza política, recibió dos tiros de gracia: los gobernadores perredistas electos declararon que el fallo del TRIFE ya no era su tema, y el líder de Nueva Izquierda, la tribu más poderosa en el seno del PRD, Jesús Ortega Martínez, advirtió que la eventual salida de López Obrador, acabaría con la esquizofrenia que se vivía en el perredismo.

Atado de manos, sólo le quedó persistir en la tesis del fraude electoral, que jurídicamente, con sus pruebas de financiamiento ilegal y con sus animalitos de granja, no pudo demostrar.

López Obrador supone que los 3 millones de afiliados a MORENA son suyos y no del PRD. Sobre esa base habrá de construir su nuevo partido para intentar, en 2018, ser de nuevo candidato a la Presidencia de México, así tenga que enfrentar a Marcelo Ebrard y al partido que le permitió todo; así sea dividiendo a la izquierda.

Reducido su entorno, fuera de su ambiente, López Obrador no se fue del PRD; lo fueron.

 

Archivo muerto

 

En 36 horas, Luis Antonio Pérez Fraga vivió angustia, zozobra y terror. Fue secuestrado la madrugada del domingo 9, cuando salía del restaurant El Anzuelo, en Boca del Río, acompañado de su esposa Dorita. A ambos los levantaron y fueron llevados a un sitio desconocido. Popular como es, amiguero, “El Pollo” Pérez Fraga, empresario, político y periodista, provocó con su ausencia un sonoro escándalo, al ser el enésimo comunicador levantado en tierras veracruzanas. Medio día después, su esposa Dorita fue liberada, según fuentes de la Procuraduría de Veracruz. Anoche, El Pollo Pérez Fraga llegó con su familia, sano y salvo. Se habló de que sus captores exigían 2 millones de pesos, pero no se sabe que la operación se haya concretado. Pérez Fraga, autor de la columna Piquito de Pollo, comentarista radiofónico, fue líder estatal de la Juventud Popular del PRI y dirigente priísta en el puerto de Veracruz; ex diputado federal; coordinó la campaña de Fernando Gutiérrez Barrios al senado; con Dante Delgado, quien le encomendó su campaña a la gubernatura en 2004, fue dirigente de Convergencia por la Democracia, hoy Movimiento Ciudadano. Entre sus amigos se cuenta el subsecretario de Gobierno, Enrique Ampudia Mello, su compadre. Su pronta liberación es un misterio… A su derecha, siempre a su derecha, dirigía su mirada y su palabra el gobernador Javier Duarte de Ochoa. Ahí tenía al alcalde de Nanchital, Alfredo Yuen Jiménez. Conversaban y comentaban; frente a ellos, los directivos de las empresas Braskem, IDESA y Odebretch, responsables del proyecto Etileno XXI. Era viernes, 24 de agosto. A su izquierda, codo con codo, pero como si no existiera, mantenía callado el gobernador de Veracruz al alcalde de Coatzacoalcos, Marco César Theurel Cotero. Ni una mirada, menos una palabra, le dirigió Javier Duarte al edil, cuyo rostro transitaba del desencanto a la ira contenida. Pasó al estrado Duarte, habló unos minutos, descendió y de nuevo el desaire. Saludaba a unos y otros, y cuando tuvo cerca de Theurel, lo “saltó”, generando la oleada de comentarios punzantes. Así de gélida es la relación entre el gobernador Javier Duarte de Ochoa y el alcalde de Coatzacoalcos, Marco César Theurel Cotero… Ya sólo es secretario de Desarrollo Económico Municipal de membrete Sergio Plata Azpilcueta. Esa dependencia del Ayuntamiento de Coatzacoalcos de hecho no existe. Sus últimos dos ejecutivos, Alejandro Valadez Urrutia y Jairo Cabrera, quedaron fuera hace semanas. Valadez, ingeniero de profesión, era el director de Fomento Industrial; el contador público Jairo Cabrera, era analista. En ellos descansaba la Secretaría de Desarrollo Económico. Ahora que no están, el impulso a las inversiones en Coatzacoalcos desde el Ayuntamiento es ficticio, un engaño. Sergio Plata cobró su última quincena el 31 de agosto. De ello se dio cuenta a los integrantes del cabildo y a los funcionarios de mayor rango. Sus declaraciones públicas sobre inversión de capitales, son algo que los leguleyos suelen llamar usurpación de funciones. Mientras, la novia de Sergio Plata, la periodista Benita González Morales, toca y toca puertas en Xalapa, entre el marcelismo, para revitalizar públicamente a su Romeo, porque “la situación se está poniendo difícil”. Lo que es querer tener un pie en el theurelismo y otro en el marcelismo, dos corrientes en conflicto