Ebrard acusó a Sheinbaum de usar Bienestar para ser candidata y ahora se le tira a los pies

AMLO lo dejó sin candidatura presidencial en 2012 y en 2018, y hoy lo doma con una senaduría plurinominal 

De serviles y rastreros está atestado el reino de Morena. De esos es Marcelo Ebrard.

Vuelve al redil, sin un gramo de dignidad, el ex canciller que un día soltó la primera acusación contra Claudia Sheinbaum, la bastonera sin mando de López Obrador, la corcholata a la Presidencia por Morena.

Sheinbaum, en su campaña, en el show de las corcholatas del presidente Andrés Manuel López Obrador, usó recursos públicos, dineros de la Secretaría del Bienestar, a los Servidores de la Nación operando descaradamente, amagando a los beneficiarios de los programas sociales, fraguando la imposición. Ebrard se le fue encima.

Malú Micher, senadora y alfil del ex canciller, presentó la denuncia –agosto 22 de 2023– ante el Consejo Político Nacional de Morena, así como ante el Consejo Nacional de Honor y Justicia, pero avizorando que no habría justicia.

Ebrard no implicó a la titular de Bienestar, Ariadna Montiel, pero sugirió que fuera separada del cargo por la evidencia del uso ilegal de la dependencia en favor de Claudia Sheinbaum, hoy precandidata de Morena a la Presidencia de México.

Acusó que la elección de candidato a la Presidencia, se había convertido en “rehén de las viejas malas prácticas”, la “intromisión rapaz de la Secretaría de Bienestar y de Morena con el uso proselitista de los Servidores de la Nación y Coordinadores Operativos Territoriales”. Y habló de “coacción” y de “amenazas de acondicionamiento de los programas sociales”.

Andaba fuera de sí Ebrard. Y los suyos se regodeaban. Ansiaban la ruptura, ser acogido por el PRIAN y, si no, por Movimiento Ciudadano, pero verlo en la boleta presidencial.

Luego ocurrió el sainete en que Malú Micher y sus operadores fueron golpeados por policías en la sede electoral de Morena. Y Ebrard volvió a deslizar su salida de Morena, acusando tretas. Nunca usó la palabra fraude.

Así hasta que mordió el polvo. Y se quebró. Y entregó el cuerpo. Y López Obrador lo trabó.

Reapareció en el cierre de precampaña de Claudia Sheinbaum. Se hallaba feliz. Abrazaba a Claudia. Exaltaba a Claudia. Se rendía ante Claudia.

A su lado, Adán Augusto López Hernández, Gerardo Fernández Noroña, Ricardo Monreal, el que soltó la frase de que “prefiero ser nada, antes que traicionar a López Obrador”.

Servil, rastrero, Ebrard olvida aquel día en que mientras el presidente López Obrador marchaba del Ángel de la Independencia al zócalo, los seguidores de Claudia Sheinbaum le lanzaron un escupitajo que dio en su cabeza. Y las mentadas que escuchó. Y las amenazas que recibió. Y los amagos de la secta. Y el odio de los fanáticos.

Servil, Marcelo Ebrard tuvo la puntada de postular para la Secretaría de la Transformación a Andrés Manuel López Beltrán, intentando ganarse el dedazo de Andrés Manuel para la contienda presidencial y que el Supremo Porro le retirara su bendición a la señora Sheinbaum.

Aún se hallaba de rodillas cuando Andy López Beltrán lo mandaba por un tubo, sabiendo que el intento de hacerlo parte del proyecto de Ebrard tenía la intención única de descarrilar a Sheinbaum.

Marcelo fue el primero en documentar el uso de recursos públicos para la campaña de la ex jefa de Gobierno de la Ciudad de México. Y las denuncias de fraude ahí siguen. Fueron  los moches del Bienestar para Sheinbaum.

Cuentan en Morena que el premio de consolación es una senaduría plurinominal, seis años más atornillado a la ubre presupuestal.

Pero al final se convirtió en comparsa de Sheinbaum.

Volvió a ser el Marcelo Ebrard de siempre, el que disfruta su falta de dignidad.

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