Se agolpan en la mente de Jair Negrete los recuerdos. Se ve inerme, indefenso. Siente la ira, el odio, impotente, sin qué hacer, agredido, insultado, vejado, escupido, y la amenaza, la amenaza que no se olvida, la sentencia que ladran los tres malditos rufianes, policías municipales, delincuentes con licencia para matar.
De no ser periodista, a Jair le habría ido mejor. Pero lo es. Fue reportero de TV Azteca Coatzacoalcos y ahora es jefe de prensa de un área de la iglesia católica: Obras Misionales Pontificio Episcopales de México.