El muerto de Marcelo

* Su delfín y el crimen de La Mayra  * David Porras mató, se escondió, se fugó por 21 años  * Pedro Tiburcio, espiado  * Una hora al teléfono con Fidel  * Consignan el caso Margarita Olivo Lara al juez  * Marcelo maquilla a Patricia Peña  * “Por si se muere Joaquín”; lo dijo en el hotel Brisa

 

Marcelo Montiel Montiel podría ser gobernador de Veracruz, pero no. Tiene en su armario político un muerto, asesinado por el favorito de su corte, encubierto el criminal, protegido, escondido para librarlo de la acción de la justicia.

Su apelativo, “La Mayra”. Su oficio, mesero. Su desgracia, ser homosexual. Su verdugo, David Porras Pacheco, director de Ingresos del ayuntamiento de Coatzacoalcos.

Suceden los hechos 21 años atrás. Llega ebrio David Porras al Capri, una cantina de mala muerte en la zona de tolerancia. Son las 3:45 de la mañana, el 24 de noviembre de 1993. Unos cuantos parroquianos aún la gozan, chicas sobre las piernas, la mesas atestadas de licor. Sólo unos cuantos están ahí, desolado el lugar, ya decadencia el barrio alegre.

Irrumpe en el lupanar con la ira en el rostro, dominado por el valor que dan los litros de alcohol que ha estado ingiriendo como si fuera esa su última parranda. Desafía a quien se le atraviesa —“soy el director de Ingresos, ¿sabes?”— y amenaza con petulancia, con la arrogancia de los imbéciles con poder, con el saberse el favorito de la corte marcelista. “Soy DA-VID PO-RRAS, ¿eh?”.

Ahí está, frente a todos, trabado en su aberrante alegato. Reclama algo inverosímil: que a su hermano le hayan cobrado lo que se bebió días antes y eso, para sus dos neuronas, es inaudito. Y de ahí se agarra para increpar, para insultar, para agraviar, para amedrentar.

En un instante exhibe el arma que porta al cinto, la que le quita lo sabroso a cualquiera. Es un revólver calibre .38 especial. La toma en su manos. Corren algunos. Se tiran al suelo otros. Gatean, se arrastran, se escabullen como Dios les da a entender, con el terror en el alma, atravesados por un frío, una sensación gélida espantosa que, dicen, es el coqueteo de la muerte.

David Porras sigue loco. Se le escucha gritar una y otra vez lo mismo. Que a su hermano le hayan cobrado lo que se bebió en la última juerga. Y eso es imperdonable. Y se la van a pagar.

Y así suelta la primera carga. Vuelan en pedazos las botellas de la barra y los pedazos de madera alcanzados por el proyectil. Lanza un nuevo disparo, al mismo sitio, como si algo lo moviera a fijar un objetivo especial, a ese punto. Nadie sabe cuántas veces jala el gatillo, pero todos se percatan que siempre es al mismo lugar.

Finalmente da en el blanco: Miguel López García, La Mayra. Le vuela el cráneo. Lo mata en un instante.

David Porras huye. Uno de los parroquianos, al que Porras y el hermano habían golpeado, de nombre Manuel Taboada Gómez, toma un taxi y va en busca de la policía. En otro antro, Las Palomas, escandalizan y golpean a un homosexual.

A las 5:13, convenientemente tarde, llega el comandante Ronaldo “El Güero” Smith. Conmina a todos a guardar silencio. “Aquí no ha pasado nada —dice imperativo—. Nadie vio nada. Fueron gentes no identificadas. Vamos a arreglar esto”.

La policía lo deja ir. Saben de quién se trata; lo saben protegido de Marcelo Montiel, líder del PRI, ex tesorero municipal; lo saben funcionario del alcalde Edel Álvarez Peña, todos del clan de Carlos Brito Gómez. Qué caso tiene meter las manos, aprehenderlo en flagrancia, remitirlo a la autoridad si se sabe el nivel de encubrimiento y la podredumbre de la complicidad. El Güero Smith es enviado a limpiar la escena del crimen, salvar al criminal.

“David es nuestro amigo. Vamos a ayudarlo. Vamos a arreglarnos”, le dice a los reporteros de la nota policíaca.

Más tarde le refiere al entonces reportero de Diario del Istmo, Manuel Carrillo:

“Yo tengo a David Porras. Lo tengo en su casa. Su hermano se logró pelar, pero David dice que él no lo mató”.

Cinco días después, el 30 de noviembre, Marcelo Montiel, ya estaba hasta el cuello. Lo implicaba Diario del Istmo en la fuga del director de Ingresos municipal, su delfín.

“Lo escondieron en el rancho del líder priísta local, Marcelo Montiel Montiel”, dice el rotativo.

David Porras se va para no volver. Acaba así con una promisoria carrera política. De inspector de alcoholes que solía extorsionar a los giros negros a temido funcionario municipal. Es el delfín frustrado del marcelismo, quizá algún día diputado, quizá alcalde antes que Marco César Theurel —“Te rompo tu puta madre”— o Joaquín Caballero Rosiñol.

Deja la escena del crimen y se reporta con Marcelo. Diario del Istmo, ahora aliado del delegado de la Secretaría de Desarrollo Social federal en Veracruz —olvidado el juicio por daño moral y el reclamo de 50 millones de pesos—, tiene lodo se lo lanza. Reseña que David Porras fue escondido y luego trasladado a su rancho. Le imputa el Clan de la Succión el encubrimiento a Marcelo Montiel y el silencio a Edel Álvarez, hoy magistrado del Tribunal Superior de Justicia de Veracruz, el magistrado Cara de Muela. Les desata una campaña, la descalificación pública, el juicio popular con sentencia en contra.

En horas, David Porras deja el sur. Un vehículo lo traslada fuera de Coatzacoalcos. Lo llevan a Naranjos, municipio de Puente Nacional, al feudo de Marcelo. Deja su espacio político pero no deja de ser el favorito del marcelismo.

Le quedan dos tareas a Marcelo Montiel: deshacerse del muerto y bloquear la acción penal.

En tiempo récord La Mayra es sacado de Coatzacoalcos. Su cuerpo es entregado a familiares que vinieron por sus restos. Se les pagan los gastos y algo más. Y se les alecciona. Que lo entierren pero en Tabasco, lejos del escándalo, lejos del marcelismo, lejos del recuerdo, lejos de la memoria social.

Rigurosa la investigación, queda claro que fue un homicidio premeditado. No fue una bala perdida. David Porras Pacheco cazó a La Mayra. Le lanzó varios disparos. Aludía a su condición de homosexual, cargado de odio. Lo fildeó mientras se hallaba tras la barra. Y de un golpe certero, le partió el cráneo.

Así lo asentó el Ministerio Público. Consigna los hechos, los testimonios, rehace el escenario de la fechoría, identifica al agresor, al criminal: David Porras Pacheco, el favorito de Marcelo Montiel.

Para gloria del marcelismo, David Porras pudo evadir la ley. Desde ese día, por espacio de 21 años, ha gozado del manto de la impunidad. Se tapa con el sarape del marcelismo. Lo dejaron ir y le cubrieron las huellas.

Anduvo a salta de mata por años hasta que prescribió el delito. Luego se paseó por Minatitlán, su tierra. Luego se dejó ver más. Luego se habituó a andar libre y sin temores.

Varias veces intentó tramitar su exoneración. Quiso enterar a las autoridades de su presencia, que ahí estaba, que se acogía a los beneficios de ley. Algo se lo impidió. O quizá finalmente, sin hacer ruido, lo logró.

Marcelo Montiel se da por satisfecho con que su pupilo haya huido. Se arruinó una carrera pero no su vida. Y para el delegado de Sedesol, la vida de David Porras tiene valor en oro.

El asesino de La Mayra no era sólo el delfín. David Porras era el más asiduo de los marcelistas al hogar de Montiel. Pasaba días ahí. Vivía, comía, dormía en el domicilio de Marcelo, fraterna su amistad.

Aquel episodio de sangre le costaría a Marcelo Montiel ser alcalde de Coatzacoalcos en 1994. Desde el PRI tejía su camino a la presidencia municipal. O cuando menos eso creía. Despertó cuando Miguel Ángel Yunes, entonces vicegobernador de Veracruz, designó a Rogelio Lemarroy González candidato a la presidencia municipal. Marcelo sólo alcanzaría la Secretaría del ayuntamiento, arrumbado, sin poder, operando en las sombras, pero sin capacidad de decisión.

Fue alcalde en 2001, tras ir al Congreso de Veracruz como oficial mayor, a las órdenes de Carlos Brito, a la sombra de Flavino Ríos.

Alcalde por segunda vez en 2008, se ha vendido como un operador electoral efectivo. Gana cuando se lo propone y provoca derrotas, como de la de Iván Hillman Chapoy por la diputación federal en 2009, su enemigo humillado, burlado, engañado.

Darle votos a Javier Duarte, en 2010, le garantizó la Secretaría de Desarrollo Social del gobierno de Veracruz y de ahí saltó a la delegación de Sedesol federal.

Ser gobernador no es un sueño, es una obsesión. Frente a Héctor y José Francisco Yunes, Marcelo Montiel es nada, sin referentes nacionales, sin padrinos de peso, con un marcelismo partido en dos –Caballero, Moreno y Bustamante en un extremo, y Víctor Rodríguez en el otro— y sin presencia en regiones clave de Veracruz.

Lo peor no es eso. Lo peor es tener un muerto en el armario político: La Mayra. Lo peor es que el asesino haya sido su hombre de confianza, su delfín. Lo peor es que lo haya ocultado y le haya facilitado huir. Lo peor es la complicidad. Lo peor es haber burlado la ley.

Así no se puede ser gobernador.

Archivo muerto

Por la libre, a espaldas de Tony Macías, su padrino, Pedro Tiburcio Zaamario conversa, acuerda y pacta con Fidel Herrera Beltrán. Una conversación suya, telefónica, amplia, una hora de charla, fue consignada por servicios de inteligencia. Ahí, el jefe del Jurídico de la Comisión Municipal de Agua y Saneamiento de Coatzacoalcos habla con detalle, da el quién es quién en la CMAS, qué negocios hace cada funcionario y a qué corriente política o guía moral sirve. Hablaba de todo, hablaba de más, nada sobre sus negocios, las factibilidades que no pasan por el área financiera, sus contactos para la venta de agua a particulares; hablaba el 11 de noviembre de 2013. Lo consigna un reporte de inteligencia pues todo lo que tenga que ver con Fidel Herrera es para el “registro”. A ese círculo de “escuchados” ingresó entonces Pedro Tiburcio Zaamario. Por lo que hace, por la fortuna que acumula, por sus negocios y por su cercanía con Tony Macías, el suegro del gobernador de Veracruz, Javier Duarte, Tiburcio es susceptible del espionaje. Y si vieran qué otras cosas dijo… Tenaz, persistente, finalmente Inés Valladares le arrebata un punto a la justicia veracruzana. Logró ya que su caso, el de la falsificación de firma que involucra a propietarias del colegio Margarita Olivo Lara, llegara a los tribunales. Fue consignada la investigación ministerial el martes 5, radicada en la mesa 4 del Juzgado Primero de Primera instancia, a cargo de Guillermo Vargas Hernández. Y es que determinó la Subprocuraduría en la Zona Sur —léase Ricardo Carrillo Almeida— el ejercicio de la acción penal y ahí se destrabó un caso que por razones de peso y de pesos se había perdido entre peritajes y omisiones. Queda ahora al juez Guillermo Vargas hacer cumplir la ley y llamar a juicio a las propietarias del colegio, María Amparo Elena Arens Medina, Alicia Guadalupe Menabrito Trejo y Margarita Josefina Gómez Ortiz. Vivales las tres, para no pagar una liquidación laboral, se les hizo fácil falsificarle la firma a Inés Valladares a fin de acreditar, falsamente por supuesto, en la Junta de Conciliación que se trató de una “renuncia voluntaria” cuando que fue despido. Hoy, el vuelco es de antología. Las honorables maestras están a medio centímetro de ser procesadas penalmente… Maniobrero, retorcido, mentiroso, a lo que ha llegado Marcelo Montiel. Defender la causa de la favorita de Juan Nicolás Callejas es, por decir lo menos, degradante. Frente a un selecto grupo, instaba a Patricia Peña Recio, la diputada federal que no legisla, la cortalistones, a decir que no, que ella nunca expresó que aceptó ser suplente de Joaquín Caballero Rosiñol “por si se muere Joaquín”. Y la Peña presurosa así lo dijo, cual vil farsa teatral, dirigiendo la mirada a la esposa del alcalde de Coatzacoalcos. Y luego se tomaron la foto el alcalde y doña “por si se muere Joaquín”. Pues sí lo dijo. Y fue en el hotel Brisa, en los primeros días de campaña por la diputación federal. Y se lo dijo Patricia Peña al grupo de avanzada de Caballero Rosiñol, testigos de la frivolidad de la favorita del profe Callejas, los que filtraron la frasecita para que vean de qué lodo está hecha la señora. Ya viejo, ya enfermo, le aqueja al delegado de la Sedesol federal en Veracruz el mal de la mentira, la maniobra, el embuste, desfalcos, obras inconclusas que representan daño al erario federal, accesorios fiscales condonados ilegalmente, uso del cargo público para hacer talacha electoral y una cauda de tropelías más…

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