Prensa reprimida, policía impune

 


* El Pacto por México sale del coma con una treta  * Senadores cobijan a Duarte  * IFE se deslinda del caso Veracruz  * PAN y PRD, burlados  * Les dieron addendum con el dedo  * Lu-pilla y Mayweather  * Marcos, golpeador  * Héctor también peca

 

Ver a Javier Duarte con la sonrisa que le inunda el rostro, el pulgar en señal de triunfo y el camarógrafo de Televisa —un día antes agredido— mostrado como trofeo, mientras su policía reprime, amenaza, hostiga, tortura y viola, sencillamente no tiene precio.

 

Duarte es una máscara. Su sonrisa da risa. Su rostro real es otro, el del agobio y la angustia, la ira cuando el mundo se le viene encima. Javier Duarte, el de carne y hueso, vive atormentado por el caos que ha traído a Veracruz, su gobierno a los tumbos, perdido en el laberinto, sin hallar la salida, devorado por la corrupción, el amiguismo, el nepotismo, los ladrones de elecciones, el escándalo de ayer, el escándalo de hoy y el escándalo de siempre.

Su estrategia es fingir. Su pecado, no saber hacerlo.

Verlo ahí, su brazo sobre el hombro de Luis Alberto Román Córdova, la imagen para la foto, la sonrisa que da risa, la promesa de sanción al policía agresor, lo pinta tal cual. Simula orden en medio del desorden y reparación del daño en medio de la impunidad.

Román Córdova, el camarógrafo de Televisa, vivió momentos críticos la mañana del martes 7 de mayo cuando captaba con su cámara el cambio en la policía de Coatzacoalcos, la extinción de la nefasta intermunicipal, en la víspera de la instalación del Mando Único.

“El señor llegó de la nada con una actitud agresiva hacia nosotros, que solo hacíamos nuestro trabajo. Desconozco por qué no querían que grabara, puesto que solo grababa a los elementos de la extinta intermunicipal mientras devolvían su uniforme. Sin embargo, el señor (José Manuel Martínez, director operativo de la Secretaría de Seguridad Pública) no quiso que grabara y llegó con una actitud déspota y amenazadora”, declaró el camarógrafo.

Román Córdova había llegado temprano a las instalaciones del intermunicipal, en el antiguo penal de Palma Sola. Se le acercó un grupo de policías, ya dados de baja. Le externaban su inconformidad, mientras los grababa. Eso bastó para desatar la furia de jefe policíaco.

Apabullado por la prepotencia, el camarógrafo de Televisa Veracruz sólo atinaba a explicar que cumplía con su trabajo. A cambio recibió como respuesta: “Deja de grabar o te voy a romper tu puta madre”, al puro estilo del alcalde de Coatzacoalcos, Marco César Theurel Cotero, que así trata a empleados, ediles, contratistas y a su familia, porque como dice el refrán cuando la perra es brava hasta a los de casa muerde.

Ya encuerdado, el alevoso jefe operativo instó a otros periodistas a retirarse. Nadie lo peló.

Minutos después, la agresión verbal y la amenaza surcaban los rincones de las redes sociales, retomada la denuncia por los medios de comunicación.

Un día antes, otro acto represivo reveló que los periodistas están en la mira —literalmente en la mira— de la policía del gobernador. Bibiana Varela, reportera gráfica del diario Órale, captaba imágenes de los gendarmes en el Centro de Convenciones de Coatzacoalcos. A una instrucción, la hostigaron, la despojaron de su equipo, la obligaron a borrar sus fotos, la mantuvieron retenida contra su voluntad y la amenazaron.

Protestó el gremio y la Asociación (Política) de Periodistas de Coatzacoalcos lo hizo a su muy peculiar y ambivalente manera, pues entregó una carta al secretario de Seguridad Pública en que relataba los hechos y los condenaba, y después acudía a una comida del gobierno represor duartista, cuyo platillo principal debió ser chayote con maíz.

De lujo, pues, el arranque de la instalación del Mando Único Policial. Al día siguiente llegaba Javier Duarte a Coatzacoalcos, anunciaba que se aplicaría en otros cuatro municipios: Cosoleacaque, Nanchital, Acayucan y Minatitlán, donde por supuesto la policía intermunicipal estuvo involucrada en el secuestro del hijo del alcalde Leopoldo Torres, y de sostener vínculos con el crimen organizado, al que le filtraban información clave.

Duarte quiso lavar la afrenta. Ofreció al camarógrafo Luis Alberto Román Córdova que el agresor sería castigado. Le sonrió, le estrecho la mano y lo hizo posar a su lado, difundida la foto para dar el mensaje de que el gordobés nada tiene contra la prensa. Luis Alberto, sin embargo, sigue esperando justicia.

No es éste el único caso de hostigamiento a los periodistas y a la sociedad. El operativo Coatzacoalcos Seguro, instalado en 2012, se inauguró con un cateo en un bar, golpeados los parroquianos, saqueada la caja, robados varios teléfonos celulares, manoseadas las meseras. Fueron acusados policías estatales y navales. Siguen impunes.

Días después el domicilio del periodista Rafael León Segovia fue allanado, tratado como delincuente. Su madre sufrió el susto y el acoso. Los vecinos padecieron la intimidación, invadidas sus casas, destrozadas sus puertas.

Rafael León organizó una marcha por las calles de Coatzacoalcos. Protestó y exigió castigo. La Asociación (Política) de Periodistas de Coatzacoalcos pretendió diluir el tema, suavizar el reclamo. Dicen los que saben que de las arcas de Seguridad Pública salieron 50 mil pesos, que Rafael León desdeñó pues aún continúa exigiendo sanciones a los responsables.

Aquel operativo fue un desastre. Dedicado a infraccionar automovilistas, el dúo policía-navales debió tragarse la humillación de ver a cuatro personas ejecutadas por el crimen organizado, mientras ellos paseaban por la ciudad en sus rondines inútiles.

Decenas de ciudadanos llevaron sus quejas a la Comisión Nacional de Derechos Humanos, abiertos aún los expedientes por tortura, incomunicación, lesiones e incluso la violación y abuso sexual de tres jovencitas, conminadas a cantar sobre el paradero de los traficantes de droga, de las que ellas dijeron no saber de qué diablos les hablaban.

Duarte, en seguridad y trato con la prensa, ha sido un fracaso. Corruptas, desprestigiadas, las policías intermunicipales debieron ser desmanteladas por su inoperancia y por sus vínculos con el crimen organizado. Ahora la prensa sufre el acoso del aparato de seguridad y al día siguiente recibe el apapacho del gobernador. O sea, te pego y luego te sobo.

Con o sin Mando Único, con o sin operativo Coatzacoalcos Seguro, la policía del gobernador reprime, amenaza, hostiga, roba, tortura y viola para garantizar, según la doctrina Duarte, la seguridad de los veracruzanos.

Así, ni cómo creerle.

 

Archivo muerto

 

Parchado, el Pacto por México superó la terapia intensiva, salió de coma y latió de nuevo. Regresa a la vida con un addendum, suscrito por el Presidente Enrique Peña Nieto, PAN, PRD y PRI, que supuestamente blinda los programas sociales federales y los preserva de ser manipulados con fines electorales. Teóricamente es el fin de la primera crisis política de Peña Nieto, ninguneado por el PAN y el PRD que tras el escándalo de los mapaches de Javier Duarte, los ladrones de elecciones de Veracruz, se levantaron de la mesa y dejaron hablando solo al Presidente de México, le rompieron el canal de negociación por su torpeza verbal cuando en el éxtasis de limitaciones, lengua sin cerebro, respondió a los videos en que se ve a la pandilla duartista ufanarse de cómo se usa Oportunidades, 65 y Más, el Seguro Popular, el abasto de despensas y leche para canjearlo por votos, vía la presión y la represión a los beneficiarios. “No te preocupes, Rosario, hay que aguantar”, le dijo Peña Nieto a la titular de la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL), Rosario Robles Berlanga, tránsfuga del PRD, de las izquierdas. Y que se arma el desmangüile. Peña Nieto lanzó una señal de impunidad y la oposición lo reventó con otra señal peor: el congelamiento de sus reformas estructurales, que si no pasan por el Pacto por México, menos por el Congreso. Primero el PAN, el 29 de abril por noche, y luego el PRD, el martes 30, expresaron que si no le aplican la ley a la pandilla duartista y a los funcionarios de SEDESOL, ya podía olvidarse Peña Nieto de reactivar el diálogo y, por supuesto, de dos reformas cruciales: la fiscal y la energética. El miércoles 2 de mayo, Gustavo Madero y Jesús Zambrano, líderes panista y perredista, respectivamente, emitieron un comunicado conjunto en que radicalizaron su postura a partir del show de los mapaches de Boca del Río. Seguro entonces pasaba por la mente de Peña Nieto aquella sugerencia que apuntaba a zafar a Javier Duarte del gobierno de Veracruz, incluso antes de que el PRI volviera a Los Pinos, para evitar que lo metiera en mayores bretes y que la elección de Congreso y alcaldías del 7 de julio en suelo jarocho, lo pudieran enfrentar los priístas con operadores de nivel y no jefaturados por un aprendiz de político, cuyo mayor mérito fue cargarle la maleta a Fidel Herrera Beltrán y de ahí iniciar su descabellada carrera política. Una semana después, el miércoles 8, el addendum garantizaba transparencia en el manejo de los programas sociales y un observatorio ciudadano para verificar que las mapaches no lucraran con la ayuda a los pobres a cambio de votos para los partidos. Horas después, sin embargo, dos señales revelaron el tamaño del embuste: los legisladores priístas bloquearon un punto de acuerdo para que el Senado instara a la Procuraduría General de la República a hacer comparecer a Javier Duarte, señalado como el líder de los ladrones de elecciones, y el IFE se declaró incompetente para fiscalizar el uso de recursos públicos por parte de los partidos políticos, en este caso en Veracruz. Irredento, casado con sus mañas, el PRI no va a abandonar su proclividad al fraude. Duarte y su pandilla siguen afiliando abuelitos en el programa 65 y Más hasta alcanzar la cifra de 70 mil. Con el calzón a medio camino, PAN y PRD cedieron a la promesa de Peña Nieto, sin que la justicia que tanto reclamaban hubiera llevado a un solo la mapache a prisión. Fue, dirían los clásicos, no atole sino addendum con el dedo… Corrían los días en el DF y Marcos, ausente, seguía embelesado con su nuevo juguete: el Corredor de aquí a Salina Cruz. Él allá, hablando sin ton ni son, taladrando con su rollo, vendiendo un sueño. Ajeno estaba a los juegos de la suegra, la abuela impune, ella en Xalapa añadiendo un plus a su ambición personal: Lu-pilla sería candidata suplente, impuesta por su madre a sabiendas del conflicto que habría de detonar. Marcos tramaba reventar al PRI, a Joaquín, a Mónica, a Alejandra, a quien fuera, pues dicen que ni a su sangre respeta. Pero con Lu-pilla en la fórmula, el plan abortaba. Burlado el bipolar, enterado tardíamente cuando nada podía remediar, montó en cólera y emprendió el regreso. Llegó hecho una furia, reclamó, zarandeó a la flaca: un jab por aquí, un volado por allá, un gancho más allá. Menuda la chamaca, parecía de trapo. Recibía una madrina peor que si se le hubiera atravesado Mayweather. Ante la magnitud de la felpa, alguien del servicio alertó al personal y de sus manos se la arrancaron viva. Ebrio, como estaba, fue a encarar a la suegra. Dañó el portón y activó el arma. Se escucharon tres, cuatro balazos, mientras los vecinos, pecho a tierra, convocaban a la policía. Lu-pilla se ocultó hasta que las huellas de la golpiza se esfumaron. Y de ahí se unió a la campaña. No duró mucho. Marcos la volvió a retirar. Cuando llegó el reclamo por la ausencia, recordó sus pactos inconfesables, las dádivas subterráneas, el chayote y el favor. Y si algo faltara, la existencia de un video titulado: Héctor también peca. Es el fragmento de un guión teatral, historia de poder, pasión y masoquismo. Cualquier semejanza con la realidad, no es coincidencia, es realidad…