Francisco Valencia, director de la Comisión de Agua del Estado de Veracruz

Francisco Valencia, cómplice a modo del gobernador

* Desde un hotel de lujo Francisco Valencia observa la crisis del Yuribia  * CAEV, un negocio  * Opera contratos y hace trabajo electoral sucio  * Pedro Tiburcio, el villano de CMAS  * Agua sólo para los amigos  * El humillante informe de José Luis Sáenz  * Reyna León lo usa, lo contamina y lo desecha  * ¿Quién es El Gavioto?

Desde su zona de confort, aposentado en un hotel de lujo —los mejores vinos, las mejores carnes—, Francisco Antonio Valencia García ve a distancia la crisis del agua, el conflicto con los serranos de Tatahuicapan, los 500 mil habitantes afectados, y no se inmuta.

Así es la vida del director de la Comisión de Agua del Estado de Veracruz, placentera, las arcas y los diezmos a su alcance, mientras medio millón de usuarios confrontan un escenario inédito, disponiendo hasta de agua salada, la que el ayuntamiento de Coatzacoalcos le puede dar mediante 30 pozos perforados, un plan emergente en el conflicto por la presa Yuribia y su eventual destrucción.

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Francisco Valencia no sube a la sierra. No dialoga con los ejidatarios de Tatahuicapan. Sabe a distancia que el 4 de diciembre hay violencia en territorio tatahui, enviado José Luis Utrera Alcázar por el secretario de Gobierno Erick Lagos Hernández a reventar la asamblea, desdeñar a los pobladores, decirles que de los 21 mil habitantes ahí sólo veía a no más de 600. Sabe que José Luis Utrera tentó al diablo. Fue increpado, insultado, tomado como rehén y llevado hasta la presa Yuribia mientras se le obligaba a pedir perdón.

Francisco Valencia no lo vivió porque estaba a kilómetros de distancia, cómodo y en el disfrute de un hotel de lujo, el Terranova, en la periferia de Coatzacoalcos, acompañado de su séquito, un equipo de funcionarios, operadores y asesores cuya inutilidad es manifiesta, que perciben salarios superlativos mientras el abasto de agua en Veracruz es de muerte.

Ahí esperaba la llegada del alcalde de Coatzacoalcos, Joaquín Caballero Rosiñol, y del director de la Comisión Municipal de Agua y Saneamiento, Sergio Amaro Caso. Ahí fue informado del estallido de violencia, del repudio inducido, de la intransigencia de los habitantes de tatahuicapan porque las promesas incumplidas del gobierno alcanzaron el punto de saturación, y también porque existen motivaciones políticas entre los serranos.

Francisco Valencia gozaba de su área de confort, climatizado el hotel Terranova, el lujo por todas partes, uno que otro drink, mientras el alcalde de Coatzacoalcos, Joaquín Caballero Rosiñol, era jaloneado, increpado y apenas pudo abordar la camioneta en que se trasladaba, mientras se escuchaban insultos y volaban piedras sobre el auto hasta que una de ellas le destrozó el medallón.

No dio la cara el director de CAEV, pese a ser el principal responsable del sistema de agua en Veracruz. Se le supo ausente, entretenido, en otro mundo, a distancia atendidas las obras de la dependencia, el negocio, la caja chica del gobernador, el 80 por ciento de los municipios en sus manos, con usuarios cautivos a los que se les da poca agua y de mala calidad.

Francisco Valencia siempre ha sido un trepador. En sus días de contratista de Petróleos Mexicanos, era un Rey Midas que todo lo convertía en oro. Le fluían los contratos en el área industrial de Coatzacoalcos, sabido su olfato para las licitaciones a las que a menudo se adelantaba, realizaba la obra y luego la proponía con algún funcionario corrupto que le asignaba el proyecto.

Tenía días buenos, días malos y días peores. Y un día su estrella se opacó. Fue marcado por un accidente en que perdiera la vida uno de sus trabajadores y no hubo funcionario de Pemex que quisiera quemarse las manos por él.

Constructor, político, restaurantero, Francisco Valencia fue bautizado como Nenusa por el líder perredista Enrique Romero Aquino. Decía que Nenusa era un dinosaurio sin estómago y que todo lo que comía se le distribuía por el cuerpo haciéndolo inmenso, tal como el director de CAEV.

Vecino del gobernador Javier Duarte en los días en que ambos vivían en el Club de Golf de Xalapa, establecieron una convivencia frecuente. Sus familias se visitaban. Pasaban veladas juntos. Había cariño. Y terminó habiendo complicidad.

Financieramente, sus restaurantes Vinissimo —o Carísimo— de Boca del Río y Xalapa son un fracaso. No hay clientela para tanto dispendio y para precios tan altos. ¿Qué lava el señor Valencia o para quién? Su público son los políticos y se quedó con las ganas de que Letizia fuera su comensal en los días de la Cumbre Iberoamericana pero la reina de España simplemente no viajó a México.

De asuntos sucios también sabe el director de CAEV. El Gordo Valencia fue el operador de un plan siniestro. Le vendió a Fidel Herrera Beltrán el proyecto para reventar la alianza entre el PAN y el PRD, en la elección de 2013. Tuvo en sus manos maletas con millones de pesos. Los usó para comprar al perredismo, para la mascarada de los dos consejos estatales, de los dos líderes estatales, de los dos PRD, que dio pauta a que el Tribunal Electoral del Estado de Veracruz determinara que no procedía la alianza con el Partido Acción Nacional por no tener un consejo constituido que avalara legalmente el acuerdo con el panismo.

Así llegó Francisco Valencia a la Secretaría de Comunicaciones de Veracruz, como el mercader de Venecia. Pero ahí no había mucho que robar. Halló bajo presupuesto, todo sujeto a investigación, todo marcado por la corrupción. Colocó algunos contratos, previo diezmo, y emigró.

Fue entonces a la CAEV. Esa ha sido su mina. Sólo en 2014 viene ejerciendo un presupuesto de 3 mil 480 millones 304 mil 895 pesos, incluidos los recursos que le aportan los sistemas municipales de agua y saneamiento, 80 por ciento de los cuales son oficinas recaudadoras que esquilman al usuario y no le dan agua de calidad.

Piel gruesa, a Francisco Valencia le rebota la crítica. Aguanta golpes, señalamientos, venga de donde venga. Lo increpan líderes de partidos y diputados locales y él, como Salinas, ni los ve ni los oye, sabido su cinismo.

Alfredo Tress Jiménez, dirigente de Alternativa Veracruzana, lo acusa de robarse el dinero de los veracruzanos, “y si no es así que lo demuestre, pero que lo demuestre con trabajo, con proyectos, con obras que beneficien a la ciudadanía”, dijo al periódico La Jornada Veracruz, en octubre pasado.

Joaquín Guzmán Avilés, diputado local y presidente de la Comisión de Salud del Congreso estatal, exige que la CAEV deje de existir, que deje de ser la caja chica del gobierno, y que los sistemas de agua sean entregados a los municipios.

Poseedor de una deplorable fama, Francisco Valencia es el funcionario duartista por excelencia. Se monta en la complicidad del gobernador Javier Duarte de Ochoa, cobra por el trabajo electoral sucio y opera contratos desde la impunidad.

Rey Midas del duartismo, Pancho Valencia no resuelve los problemas de agua en Veracruz así tenga en sus manos un presupuesto de más de 3 mil 480 millones de pesos. El negocio no está en la calidad ni en la eficiencia. Está en lo que deja el contratismo.

Francisco Valencia ve a distancia la crisis del Yuribia. La ve pero no se mete. No sube a la sierra. No va a Tatahuicapan. No se enloda los zapatos. La ve desde la comodidad de un hotel de lujo, con los mejores vinos y las mejores carnes.

Eso le permite el gobernador, su cómplice a modo.

 

Archivo muerto

 

Fiel a lo que es, ventajoso, arbitrario, negociante, Pedro Tiburcio Zaamario tiene un no permanente para aquellos ciudadanos que acuden a la Comisión Municipal de Agua y Saneamiento en busca de una pipa, algo que alivie la crisis que se vive en Coatzacoalcos. Ahí les dicen que todo lo decide el mentado Tiburcio, que sólo a él corresponde el suministro de CMAS, a qué pudiente, a qué amigo, a qué negocio. Atiborran las quejas los buzones de las redes sociales, los correos electrónicos, el whatsapp. A Tiburcio Zaamario le llueve tupido, incluido el señalamiento de que hasta para su restaurant El Acuyo, hay abastecimiento de agua aunque el pueblo se la tenga que rascar… Aberrante show, sometido a sus amos, José Luis Sáenz Soto rindió un informe de labores sólo para servirle de trampolín a la egocéntrica presidenta del DIF en Minatitlán, Reyna León Cheluja, en su delirio de ser diputada federal. Humillante el momento, Sáenz Soto habló, aburrió y se apagó para luego ceder el escenario a la ambiciosa mujer, desenfrenados sus afanes de enfilarse —y enfilar al PRI— a un abismo mortal en la elección de 2015. Doña Reyna, la esposa del fallido líder de la Sección 10, Jorge Wade González, los reyes del casino, lo mismo “informaba” de su paso por el DIF que se colgaba del brazo del senador José Francisco Yunes Zorrilla, pues el futurismo echa mano del títere que mejor le convenga. ¿Que si qué informó el alcalde José Luis Sáenz? Eso es lo de menos. Un año la ha gozado bajo los tacones de Reyna León y a la sombra del tesorero, Saúl Wade León, el hacedor de los negocios, el alcalde real, indignante la doblez del presidente municipal. Allá se le podía ver en segundo plano en la fotografía de los Wade con Pepe Yunes, pues el pobre tipo de hecho no cuenta ni contará… ¿Quién es ese guarura al que ya le apodan “El Gavioto” por sus fastuosas residencias, autos, negocios, comprados y montados con su modesto salario como policía del IPAX? Una pista: trabaja en la ayudantía del gobernador Javier Duarte. Personaje de picaresca a la veracruzana…

 

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