Boca del Río vuelve a oler a muerte

Cada cinco o seis años, Boca del Río se estremece. Y estremece a todo Veracruz. 35 cuerpos inertes, con huellas de violencia frente a la zona comercial. 11 cuerpos en una camioneta de transporte turístico. Siete muertos, una familia masacrada en noche de Carnaval, en su hogar.

Boca del Río vuelve a oler a muerte. Vuelve a sentir la mano del crimen organizado que ultima a sus víctimas por el cobro de piso, por resistirse a pagar, o simplemente por calentar la plaza y precipitar la presencia de la Guardia Nacional, Marina, Ejército o la Policía Estatal.

Boca del Río, con sus playas y el barullo, el andar del turista, la vida de noche, los antros, las plazas, el alcohol y la droga, y sus dealers que no dejan de surtir, y ahora el incesante, el avasallador y a veces cruel cobro de piso. Y al que no afloja, la muerte.

Cíclica, su violencia no es sólo el estruendo y el miedo. La violencia de Boca y el puerto de Veracruz, la mágica conurbación —Miami del Golfo, le llaman— donde se concentran tantos cientos o miles de millones de pesos, donde unos invierten y otros lavan dinero, y fluyen fortunas, no de dudosa sino de sucia procedencia, ha vuelto a sacudir hasta a los ingenuos que suponían que ahí el crecimiento se da por azares del destino.

Y así como mueren los que andan chuecos, mueren los inocentes, los que luchan, los que se ganan cada peso con el sudor de su frente, y los que corren riesgos e invierten. Hasta que los cazadores de humanos les fijan cuota y se enteran que su vida tiene caducidad.

Noche de carnaval, noche de muerte. Aún no daban las 12, aquel 3 de julio, cuando la violencia sacudió a los habitantes del Ejido Primero de Mayo y les metió el miedo en la piel, y les arrebató el sueño, y los dejó helados y les cortó el aliento.

Tres hombres, tres mujeres y un menor de edad, la familia Castillo Candela, sucumbió al paso de los sicarios. Cuatro sujetos, profesionales, les segaron la vida sin un gramo de piedad, lacerando sus cuerpos y enviando un mensaje de terror. Que entiendan los que tengan que entender.

Siete miembros de una familia masacrados, arteramente asesinados, en tiempos de “abrazos, no balazos”, de pax narca, de respeto y comedimiento presidencial a los cárteles, de trato cordial a los depredadores humanos.

Noche brutal la del 3 de julio. Unos ríen y bailan, y gozan y disfrutan con el Carnaval que ha vuelto de la pandemia, y muestra feliz a Patricia Lobeira y a su esposo Miguel Ángel Yunes Márquez, y la reina Yeri Mua, y a la corte real, y al edil de Boca, Juan Manuel de Unanue, y otros siete quedan tendidos por el paso de los sicarios.

Hay vecinos que no ocultan su miedo. Dicen haber escuchado disparos y corrido a refugiarse y ocultarse para no ser vistos por los matones. Hay quienes horas después, salen a las calles y no dejan de temer otro ataque.

Hay otros que no escucharon nada. Se enteraron de la masacre porque las malas noticias corren de boca en boca y de morbo en morbo. Y por la policía que llegó a destiempo, como suele hacerlo. Y así se enteró el barrio que murieron siete, cuatro varones, uno de ellos menor de edad, y tres mujeres. Y que otra mujer le salvó la vida a dos pequeñas más.

Habrían usado silenciadores. Habrían recogido los casquillos. Habría sido un crimen de alta escuela con profesionales que no dejan nada al azar y que lo único que no se llevan son los muertos.

¿Qué capo ordena un trabajo tan limpio y por qué? ¿Qué clase de matones van por sus víctimas, las ultiman sin estruendo, limpian la escena del crimen y huyen sin dejar rastro?

Estas masacres son malintencionadas. Le descomponen el discurso y sus “otros datos” a Andrés Manuel. Joden el clima de tranquilidad del que habla Cuitláhuac García, alias el gobernador. Le rompen los números al secretario de Seguridad Pública de Veracruz, Hugo Gutiérrez Maldonado.

Tan bien que venían hilvanando la historia de que Veracruz ya es la entidad número 28 en inseguridad, y a los desgraciados sicarios se les ocurre perpetrar una masacre.

Y sacan las armas y los ultiman en el corazón de la zona turística Veracruz-Boca del Río.

Y por una presunta extorsión.

Un día después, Cuitláhuac García reveló que había tres líneas de investigación.

Y 22 días más tarde, nada.

A la familia Castillo Candela la habrían ejecutado por negarse a pagar piso. Comerciantes llegados de Gómez Palacio, Durango, hacía 15 años, fundaron primero una carnicería. Luego otra y otras más. Y así crecieron, se consolidaron y fueron ejemplo de prosperidad.

Habrían tenido tanto éxito que quisieron cobrarles piso. Y como no cedieron, los masacraron.

Otra versión rueda en medios de prensa. Se negaron a comprarle a la mafia que trafica ganado robado o pasado de contrabando por la frontera sur. Y eso recuerda al diputado Juan Carlos Molina, compadre del ex candidato a gobernador de Veracruz, Héctor Yunes Landa. Y refresca la memoria cómo fue ejecutado cuando denunció a esa mafia. Y no hubo un sólo amigo que alzara la voz, o moviera el aparato político, o la maquinaria judicial. Y el crimen quedó impune.

Cada cinco o seis años, la sangre salpica a Boca del Río. Y estremece a los boquenses. Y electriza a Veracruz.

2011, 20 de septiembre, gobierno de Javier Duarte. A los pies del monumento a Los Voladores de Papantla, sobre el bulevar Ruiz Cortines, en la zona comercial, 35 cuerpos yacían inertes.

Unos eran zetas, otros gente inocente, incluso un menor de edad.

Presentaban evidencia de tortura, cuerpos golpeados con tubos y palos, casi todos asfixiados. Llevaban el sello de la violencia narca. Aquel día se lanzaba un mensaje: Veracruz cambiaba de cártel, cambiaba de dueño. Y así ocurrió.

Era el gobierno del PRI, el reinado del duartismo, y el Cártel Jalisco Nueva Generación sentó raíces.

Seis años después, el 1 marzo de 2017, en los tiempos del yunismo azul, otra masacre. Al interior de un automóvil de transporte turístico con reporte de robo, se hallaban apilados 11 cadáveres .

El yunismo que decía haber llegado para salvar de la violencia a Veracruz, a enderezar el rumbo y retomar la tranquilidad, se vio doblemente impactado. Miguel Ángel Yunes Linares era gobernador y su hijo, Miguel Ángel Yunes Márquez, era alcalde de Boca del Río.

Ni Yunes padre ni Yunes hijo tuvieron buenas cuentas con la inseguridad. La violencia los rebasó. El poder de los cárteles generó una espiral de impunidad. El reinado del narco no sucumbió.

Era el gobierno del PAN.

Cinco años van desde aquel funesto hallazgo. Y en Boca del Río la sangre se huele, la sangre se siente, la sangre vuelve a imperar. El 3 de julio, la masacre en el Ejido Primero de Mayo, arrebata siete vidas, sacudiendo a Cuitláhuac, al secretario de Gobierno, Eric Cisneros; al titular de Seguridad Pública, Hugo Gutiérrez Maldonado, al mismo Andrés Manuel López Obrador, y a Juan Manuel de Unanue, alcalde panista de Boca del Río. La sangre fría, la saña, la falta de piedad.

Es el gobierno de Morena y la alcaldía del PAN.

Cada cinco o seis años se electriza Boca del Río. Y los boquenses. Y todo Veracruz.

Será la Miami del Golfo. O la perla de Oriente. O el corredor turístico de mayor auge, pero Veracruz y Boca del Río tienen un lado oscuro, muy oscuro: son objetivo narco, tierra narca, con sus dealers que surten a los adictos, con su “inversión”, con su lavado de dinero, con los negocios fachada. Es la narcopolítica en todo su esplendor. Y la narco empresa a todo vapor.

Y es tanto el fluir de millones, y las fortunas que nacen en un dos por tres, y la casta de nuevos ricos, que el crimen organizado le pone precio al piso.

Y cuando no lo pagan, los masacran. Y ahí se ve que los hombres de poder no saben qué hacer.

Boca del Río vuelve a oler a muerte.

Archivo muerto

“No me vengan contra el T-MEC es el T-MEC”. Cara a cara, Andrés Manuel pudo increpar a Biden y no lo hizo. “El presidente de México no es títere, no es pelele de un gobierno exterior”, debió advertirle a Biden, frente a frente, en la Oficina Oval de la Casa Blanca. Y pudo invocar la soberanía y la dignidad de México. Pero no. Ahí López Obrador fue el pusilánime y sumiso que lo mismo se agacha ante Donald Trump hasta llamar al racista “el mejor amigo de los mexicanos” como también se le cuadra a Joe Biden. Allá, el rostro cobarde de Andrés Manuel. De regreso a la comarca, vuelve a la bravata. A las consultas de Estados Unidos y Canadá para revisar violaciones el tratado comercial le responde con la canción de su paisano Chico Ché, “Uy, qué miedo, mira cómo estoy temblando”. La corrientez frente a un tema de alta gravedad lo describe como es. López Obrador dice y reitera que no va a modificar las leyes en materia energética, que no dejará de cercar a la empresas privadas de generación de energías limpias, que les negará permisos, que les revocará los que ya existen, que les permitirá instalar plantas para generar energía limpia siempre y cuando se asocien con Comisión Federal de Electricidad, el monopolio estatal. López Obrador es una caricatura de presidente. Lanza arengas y balandronadas. Recurre al rollo patriotero de sacar a la recua obradorista a las calles. Anuncia la proclama para el 16 de septiembre, invocando la independencia y la soberanía. Haga lo que haga, sabe que su política energía le provocará un daño al país hasta por 30 mil millones de dólares, quizá más. No es un error. Así lo calculó. Luego vendrá la fractura del T-MEC. Y las consecuencias será demoledoras. Vendrá la imposición de aranceles. La economía mexicana sufrirá un boicot internacional. Se caerán las ventas de petróleo. Serán cerradas las fronteras a productos agrícolas. Será un escenario catastrófico. Y se recordará el día en que desde su perorata mañanera punzó a Estados Unidos y Canadá: “Uy, qué miedo, mira cómo estoy temblando”… Papando moscas, Rafael Marín Mollinedo no sabe que las empresas contratistas del tren del Istmo de Tehuantepec explotan a los subcontratistas. O finge no saberlo. El despistado director del Corredor Interoceánico Coatzacoalcos-Salina Cruz, asegura no estar al tanto del conflicto. No sabe —o finge no saberlo— cómo afectó la suspensión de obras a causa de las protestas de grupos que se niegan a entregar su tierra para la realización del proyecto, las horas-días muertos, el retraso de los trabajos a cargo de los subcontratistas, sin que los titulares de los contratos concedieran plazos o períodos de gracia a las empresas que les dan servicios. Marín Mollinedo, que es un auténtico cero a la izquierda, prefiere pasar por ignorante que atender un conflicto que pone en riesgo la conclusión del proyecto. Así ha sido su gestión. Ninguna compañía ha cumplido en tiempo y forma. Los tiempos de ejecución se han desfasado. No se ha liberado todo el derecho de vía y hay protestas de habitantes que a ningún precio cederán sus tierras. Y el Peje López Obrador allá en el Olimpo viendo cómo su compadre revienta uno de sus cuatro proyectos insignia de la mal llamada Cuarta Transformación… Tarde o temprano, Rogelio Franco Castán quedará libre. Le cobrará a Cuitláhuac García la afrenta. Hará uso de la ley, el derecho a que sean resarcidos los daños, sus días de encierro, el uso del poder para impedirle ser diputado federal. Por segunda ocasión, la justicia federal se decanta hacia Rogelio Franco, el secretario de Gobierno del yunismo. Obtiene un amparo que tumba el juicio por violencia intrafamiliar. Antes, el Poder Judicial Federal se lo concedió por no acreditarse el delito ultrajes a la autoridad, que fue declarado inconstitucional por la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Habrá de entender el gobernador que sus desplantes, la soberbia con que se expresa de jueces federales, se pagan. Las rabietas y los pataleos cuestan. La ira que lo lleva a decir que los jueces liberan delincuentes, es una factura que la justicia federal le va a cobrar. Así, el caso Rogelio Franco hará historia. Así, como el encierro injusto de José Manuel del Río Virgen, que va impactando, socavando los cimientos de una tiranía, de una banda de pendencieros que suponen que el poder es pasaporte para delinquir. Tarde o temprano, Rogelio Franco estará libre. Y tarde o temprano, Cuitláhuac García estará en prisión… Cerebro del mal, Eliezer Sánchez Carrillo no tiene freno ni límite. Pasó de enlace operativo en Obras Públicas de Coatzacoalcos a coordinador general y en un descuido le tiende la cama a Arturo Delgadillo, secretario del ramo, y lo manda a volar. A Eliezer Sánchez se debe la trastada de que los dueños de empresas paguen por tener anuncios luminosos y cualquier forma de propaganda en los límites con la vía pública. Con esa genialidad le armó tremenda al alcalde Amado Cruz Malpica con la Cámara de Comercio que de inmediato rechazó cualquier nuevo impuesto o contribución. Eliezer teje ahora cómo volver a licitar obras que se declararon desiertas, o hacerse del negocio del confinamiento de basura, o andar adquiriendo materiales fuera de norma o comprando en bancos de materiales no autorizados. Sábese de la compra de facturas para justificar gastos. Sábese de mil trinquetes más. Pero entre todo, su objetivo final es relevar en la Secretaría de Obras Públicas al actual titular, Arturo Delgadillo, un personaje gris que creció al amparo del duartismo, participando en juegos turbios, ligado a otro impresentable como Francisco Valencia, uno de los que fueron a parar a la prisión de Pacho Viejo cuando Miguel Ángel Yunes Linares llegó al poder. Eliezer anda en ese nivel…

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