Veracruz flotaba. A duras penas, pero flotaba. Se movía en aguas turbulentas, sin timón, sin vela, sin piloto. Sacudido por el vendaval, soportaba el oleaje amenazante. Andaban atemorizados los pasajeros y, peor, al ver que la tripulación —el duartismo— destaza el barco, lo desmantela a pedazos. Hoy, oficialmente naufraga.
Es el quinto año de gobierno y Javier Duarte, el gobernador, finalmente cede: enfrenta el gobierno de Veracruz una crisis financiera y es ineludible apretarse el cinturón, racionar los recursos, cancelar programas, desconcentrar dependencias, suprimir escoltas, bajarle al derroche. Si ya atracamos los pesos, hay que cuidar los centavos.