Arrumbado en un rincón, tuvo que esperar a 2012 para ser senador, frustrado su sueño de gobernar Veracruz, en un impasse amargo, viendo a la distancia, como testigo callado, sometido, cómo Javier Duarte iba por lo que ya se esperaba de él: arrasar con el erario, incrementar la deuda pública; ser avasallado por el crimen organizado, las narcofosas, el secuestro; el rezago social, cómo su pandilla se enriquecía a la vista de todos, sin pudor, con descaro, mientras los pobres aumentaban su pobreza, olvidados y ninguneados, sirviendo sólo cuando el PRI exige de ellos su voto.
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